No es difícil imaginarse a un radiante Stefan
Zweig, recomendando a uno de sus jóvenes lectores: «¡Aprendan idiomas! Esa
es la llave de la libertad». No es difícil: su paisaje es la Europa de
entreguerras, él es un escritor exitoso, ha viajado por el mundo, nació en
Austria pero se siente más que nada europeo, desprecia las fronteras y ni que
hablar la idea de que hay gente mejor que otra. «No hay nada que odie más
que la autoglorificación de las naciones», dirá en una de esas cartas, que
hace días fueron donadas a la Biblioteca Nacional de Israel.
Zweig es otro momento del mundo. Es judío,
pero ha dicho que su madre y su padre lo fueron «por casualidad».
Reflexiona sobre el judaísmo, no está atado a su sangre. Está cerca de Teodoro
Herzl, ideólogo del sionismo moderno, pero cree que sus ideas atrasan.
Las cartas que aparecieron justamente en
Israel -adonde emigró Hans Rosenkrantz, quien las recibió- fueron escritas
entre 1922, cuando se estaba dispersando la pólvora de la Primera Guerra, y
1933, con el nazismo acechando. Tiempos difíciles para quien repudiaba la
negativa «a reconocer la diversidad de pueblos y de tipos de seres humanos
y vivirlos como la belleza del ser».
Zweig -que se codeaba con Freud, con James
Joyce, con Dalí- tuvo que salir de Viena cuando el nazismo no le dejó opción.
Este año, paradojas, es una película sobre él la representante de Austria para
los premios Oscar: «Farewell to Europe»: Adiós a Europa. Allí se ve
su paso por la Argentina: llegó en 1936 para participar de un congreso de escritores
convocado por el PEN Internacional. Allí se habló de los intelectuales que
habían tenido que dejar Alemania: en la película, cuando lo nombran, el
congreso lo aplaude. «El mundo de mi lengua se hundió y se perdió para mí
y mi patria espiritual, Europa, se destruyó a sí misma», escribió en la
carta que dejó cuando se suicidó, en 1942, en Brasil, el país donde trató de
vivir.
No existía todavía el muro de Berlín, no había
muro entre Estados Unidos y México, no lo había en Palestina. La idea de que un
pueblo era superior a otro, que uno era el demonio de otro, llevada a sus
últimas consecuencias, estaba justificando una masacre.
Pero ni el golpe moral de los campos de
concentración alejó esa idea del mundo, tal vez tribal. Con los años, Europa
eliminaría sus fronteras internas pero sólo para reforzar las externas. Hay
quienes ven en la Unión Europea -¿sí?- la concreción de las ideas de Zweig.
También los checos se separaron de los eslovacos, estalló Yugoslavia, cada cual
buscó ese imposible, la etnia, y le puso una frontera.
Los judíos cosmopolitas sin patria ni bandera,
ciudadanos de las libres ideas, ciudadanos de la cultura, hijos y padres
fundadores de las grandes corrientes de pensamiento del siglo XIX –Marx, Freud,
Einstein-, también encontraron su nacionalismo en el Estado de Israel.
Ahora el país más poderoso del mundo elige a
Donald Trump y el shock de esa elección parece no terminar. Su discurso racista
y misógino es puesto en práctica por atacante aislados, gente común, como lo
había previsto Philip Roth -otro escritor judío de la diáspora- en su novela
«La conjura contra América», donde los que golpean a los judíos no
son las «fuerzas del orden» sino buenos granjeros americanos. Esta
semana en Washington algunos se animaron a extender el brazo y saludar
«Heil Trump». Probablemente no vayan contra los judíos esta vez sino
contra los mexicanos, los musulmanes, los negros.
Buenos Aires, mientras tanto, amaneció
afichada con una consigna vintage: «Para un argentino no hay nada mejor
que otro argentino». El nacionalismo, me dirán, puede ser progresivo en un
país periférico si lo que expresa es la voluntad de independencia frente a un
imperio (cuéntenles esto a los bolivianos, a los paraguayos que viven por acá).
Ojalá llegue al país la película de Zweig.
Recuerdos de una época en que la utopía no era una jaula.
Una utopía, no una jaula
28/Nov/2016
Clarín, Por Patricia Kolesnicov